Repaso despacio y con cuidado cada detalle de mi pasado. Analizo crítica y exhaustivamente cada frase, cada acto, cada gesto. Uno por uno listo a mis amigos, conocidos, familiares y recapitulo las conversaciones, discusiones y enfados. Intento recordar hasta el más mínimo fallo, el más ridículo de los equívocos, cada pequeña maldad intencionada o no, cada cosa que dejé sin hacer o dejé a medias. Buscó incansable una respuesta a la eterna pregunta, ¿por qué a mí? ¿por qué este castigo?
La culpabilidad desborda ahora mis venas por todo tipo de absurdos, como cuando de pequeña pegué al matón de la guardería o cuando robé tiza de colores en el colegio o cuando dí plantón a mis amigos del instituto una tarde que estaba disgustada.
Pero luego, friamente, pienso en las cosas que realmente hice mal y pienso que tal vez sí que merezca lo que me está pasando. Tal vez sí sea culpa mía este dolor que no me da más tregua que la justa para rearmarse y atacar con más fuerza.
Cada recuerdo de algo susceptible de ser la razón de todo el dolor, causa en mí aún más dolor y culpabilidad. No sólo por mí, si no por la gente a la que dañé entonces y por la que daño ahora con todo esto.
Lo que más me duele ya no es el cuerpo, es el daño que causo a los que quiero, el sufrimiento que padecen al verme sufrir. Tendría que haber sido más fuerte, haber callado siempre, haber perfeccionado la sonrisa cuando me duele todo de tal manera que sólo quiero gritar y llorar, haber conseguido disimular mi cojera y haber maquillado mis ojeras.
Pero no soy buena actriz, no sólo no sé mentir, además no me sale bien fingir. Aunque podría haber intentado comprarme una de esas caretas de los bailes de disfraces y callármelo todo, así tal vez todo sería más fácil.
No es el cuerpo lo que más me duele y sigo pensando que el dolor no es arbitrario, que no me tocó por azar. Intento buscar la respuesta que nadie me sabe dar. Un motivo, una razón, un origen... y al final el origen sólo puedo ser yo misma, pues nadie me da otro culpable al que odiar.
Por eso sigo repasando día a día, hora a hora cada cosa que hice, dijé, sentí... Sigo buscando una respuesta a la incontestable pregunta que martillea incansable mi más que torturada cabecita... ¿por qué a mí?
Sé que es egoista, sé que no debería hacerlo, pero ahí sigue resonando como un eco eterno, como un susurro incesante, como una sentencia que me hunde cada vez más en mis miserias y en mi culpabilidad...
¿POR QUÉ A MÍ?